En Japón, los cuervos no son simples aves: son auténticos protagonistas del paisaje urbano y rural, imponentes, inteligentes y envueltos en un misticismo que choca de frente con la realidad del día a día en ciudades como Tokio, donde es frecuente verlos en los parques, como el de Ueno.
Si vas a viajar al país del sol naciente, es imposible que te pasen desapercibidos. Esto es lo que hace que los cuervos de Japón sean un fenómeno único en el mundo:
1. El tamaño y la presencia: No son cuervos comunes
Lo primero que sorprende a los viajeros es su envergadura. En las ciudades japonesas predominan dos especies principales:
El cuervo de pico grueso (Hashibutoshi-garasu): Es el más común en zonas urbanas. Tienen un pico enorme y curvado que les da un aspecto casi prehistórico, y su envergadura puede rozar el metro de longitud. Su graznido es un «¡kaaa-kaaa!» profundo y rotundo que resuena entre los rascacielos.
El cuervo de jungla o carroñero (Hashihoso-garasu): Más común en zonas abiertas y campos, con un pico más fino y un graznido más ronco.
A diferencia de los cuervos de otros países, los de Japón no se asustan fácilmente de los humanos; te miran fijamente desde las barandillas, cables de alta tensión y templos con una confianza total.

2. El contraste cultural: De dioses a gamberros urbanos
En Japón conviven dos visiones radicalmente opuestas sobre estas aves:
El lado sagrado: Yatagarasu (八咫烏)
En la mitología sintoísta, el cuervo es un animal venerado. Yatagarasu es el legendario cuervo de tres patas que actúa como enviado de los dioses y guía del emperador Jimmu. Simboliza la guía divina, la orientación y la clarividencia. Lo verás representado en amuletos de santuarios antiguos (como los de la región de Kumano) e incluso, de forma más moderna, como el emblema oficial de la Selección Japonesa de Fútbol.
El lado urbano: Los «reyes» de la basura
En las últimas décadas, el crecimiento de las ciudades convirtió a los cuervos en un quebradero de cabeza para las autoridades. Son maestros de la supervivencia urbana:
Estrategas de la basura: Tienen la fuerza suficiente para romper las redes protectoras amarillas que se usan en Japón para tapar las bolsas de basura en la calle. Saben exactamente qué días y a qué horas se saca la orgánica.
Uso de herramientas: Se les ha grabado dejando nueces en los pasos de peatones para que los coches las pisen y las rompan, esperando pacientemente a que el semáforo se ponga en verde para los peatones para ir a recoger su comida de forma segura.
Peligro en época de cría: Entre primavera y principios de verano (mayo/junio), se vuelven muy territoriales para proteger a sus polluelos. No es raro ver carteles en los parques advirtiendo de que pueden descender en picado y golpear la cabeza de los transeúntes si se acercan demasiado a sus nidos.
3. La arquitectura de sus nidos: El «robo» de perchas
Uno de los datos más curiosos e ingeniosos sobre los cuervos de Tokio es su capacidad para adaptarse a la falta de ramas en la ciudad. Para construir sus nidos en lo alto de los postes de luz o árboles urbanos, roban perchas de plástico y de alambre de los balcones donde los japoneses tienden la ropa.
Llegan a entrelazar decenas de perchas para crear estructuras increíblemente sólidas. El problema es que, cuando usan perchas de metal y el nido toca los cables de alta tensión, a veces provocan cortocircuitos y apagones en barrios enteros, lo que obliga a las compañías eléctricas a patrullar constantemente para retirarlos.
4. Un elemento sonoro del paisaje japonés
Al igual que el canto de las cigarras define el verano japonés, el graznido de los cuervos es la banda sonora del amanecer y el atardecer en Japón. Curiosamente, en los templos y santuarios tradicionales (como los del Parque de Ueno o Meiji Jingu), su presencia y sus gritos profundos añaden una atmósfera gótica, majestuosa y casi mística que encaja a la perfección con la solemnidad de la arquitectura de madera.
Son, sin duda, los observadores silenciosos —y a veces un poco descarados— de la vida cotidiana japonesa.
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